03 Octubre 2007
Dormí un rato pero no descansé. ¿Qué puedo yo hacer para cambiar mi situación? No puedo obligar a los encargados a que solucionen algo. Podría buscar un albergue, regresar a Paris, quedarme donde Gusten y viajar los días que trabaje. ¿Por qué será que esta cabeza no deja de pensar? ¿Por qué no puede simplemente, confiar?
Quería salir y caminar, explorar lo desconocido para despejar la mente. La información de capoeira que vi ayer decía que los entrenamientos comenzaban a las 2000, así que según yo tenía buen tiempo para buscar la dirección y darme el lujo de perderme un buen rato entre las calles adoquinadas y los edificios viejos y nuevos. Debía atravesar uno de los seis puentes que cruzan la Seine, que unen la Rive Gauche de la Droite. Tenía a mano el mapa que había impreso y algo de dinero en efectivo, así que solo tenía que dejar de pensar, levantarme e irme.
Paseé por horas, vi gentes, aceras, arboles, iglesias y ni un solo perro deambulando por la calle que no estuviese acompañado de su respectiva dueña bien peinada y vestida para la ocasión: pasear a su mejor amig@. El sol parecía eterno, para estas fechas ya oscurecía tarde…pero en realidad para un tico donde a las seis ya no hay luz natural pues claro que pasado un minuto de la hora sería tarde. Una vez Gusten me contó que mientras estuvo de intercambio en Suecia el sol no se ponía si no hasta pasadas las 9 de la noche. Y en otras partes del mundo supuestamente no se pone del todo, pero yo por ahí no he andado para corroborarlo.
Crucé el puente y seguí caminando confiando fielmente en el papel que tenía a mano. Di con el lugar justo cuando había comenzado el entreno. Había unas seis a siete personas, todos uniformados y yo con pantalón de mezclilla y unos zapatos algo pesados. Me quedé observando unos minutos cuando la persona que parecía ser el mayor entre todos dio unas instrucciones mas y se dirigió hacía mi sin quitarme la mirada. Se presentó como Contra-Mestre y me preguntó que si entrenaría. Después de decirle que solo quería ver por ahora le comenté que venía de Costa Rica y que practicaba Capoeira Angola, que apenas tenía menos de un año de haber comenzado. Rápidamente me di cuenta que no eran angoleros y él al leerlo en mis ojos me dijo que ahí se practicaban ambos… ¡A otro perro con ese hueso!
Le pregunté por los precios y horarios. Al responderme el monto anual de 450 euros no supe si reírme (pensando que era broma) o si salir corriendo diciendo “no parlei frenchi”. Ni siquiera podría con el supuesto descuento que me propuso cuando le dije que no estaría en Francia más que medio año. Solamente trabajaría 12 horas a la semana y reducirlo a 260 por los seis pues la verdad no me ayudaba en mucho. Se disculpó y regresó para continuar con su clase.
Me quedé un rato mas observando y digiriendo mi nueva semi-derrota. Partí levantando mi mano para despedirme y salí por donde había entrado hacía una medía hora. La noche fría me abrigaba y la tristeza volvía a invadirme. ¿Serían señales de que había cometido un error al no esperar un año mas, al apresurarme y venir en tan corto tiempo?. Lo que hace un rato me parecía bello se tornó feo, las calles parecían haberse convertido en un basurero, el viento hacía rodar las bolsas de plástico. Un señor me miraba, desde las gradas de la iglesia, con sus ojos entre abiertos por el alcohol, sus ropas le denunciaban que hace tiempo no se daba un baño. Abrí mis ojos y vi que el barrio no era lo que yo vi antes, inmediatamente caí en cuenta que el este era lo que en Francia se conoce como “un quartier chaud” un barrio problemático, peligroso y en ese momento me sentí inseguro y otra razón por la cual preocuparme, salir de ahí pronto.
Ver cada vez más cerca el puente me hizo tranquilizarme un poco y estando a unos pasos de llegar vi sobre lo ancho de la acera una malla, me hice a la calle para no pasarle por encima. El señor que venía de frente no tuvo tanta suerte y ambos pies tropezaron con la malla y las cosas que llevaba en sus manos volaron a unos metros delante de él y sus brazos se movieron circularmente como queriendo volar y sus lentes cayeron y luego su delgado cuerpo terminó estrellándose contra el metal entrelazado que descansaba sobre el cemento.
Me preocupe al principio, le pregunté si estaba bien y no me respondió. Se levantó como resorte, recogió sus cosas y se marchó rápidamente. Repasando en mi mente el evento solté la risa que me hizo la noche, entré a mi cuchitril riéndome solo, como loco, recordando la solemne caída de mi prójimo francés.
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