Me levanté con la oscuridad de la madrugada y salí del hotel para tomar el bus línea cuatro hacia l’IUFM. Tenía que verme con el profesor que estaría a cargo de mí mientras ahí laborara.
Se veía joven, de hecho, yo debía ser mayor que él o a lo mejor las apariencias engañan y su corta estatura no le ayudaba. Se notaba serio y callado, pero me ayudó pacientemente con todo lo que me fuese a hacer mi vida más fácil durante mi tiempo ahí. Me ayudó prácticamente con todo lo concerniente al lugar, donde comer, donde estaba la sala de profesores, me mostró el casillero compartido de los asistentes y me consiguió la clave para usar la computadora.
Hoy mismo estuve en una de sus clases y me presenté como el asistente, mi nombre, de donde venía, años y otra información sin gracia. Sufrí el eterno silencio incomodo cuando el profesor preguntó si alguien tenía alguna duda, comentario o sí al menos habían entendido lo que dije. La mayoría aquí están más acostumbrados al acento español y aun más a sus modismos. El contacto que tienen con personas del nuevo continente es casi nulo. Es común también encontrarse con personas que piensan que los de este lado hablamos raro o no hablamos español, como me daría cuenta mas adelante. Claro no hay que generalizar.
Este día anduve como perrito faldero del profesor, para arriba y para abajo a su lado. Solo me despegué de él o él se aseguró de desaparecerse a la hora de almorzar. No conozco a nadie y detesto almorzar solo. Puedo caminar, viajar, dormir solo, pero no comer. Para mi equivale a soledad y no me gusta. Pero debía compartir mi mesa con ella y no sería la última vez tampoco. Esta vez decidí ir a las mesas desocupadas que están al aire libre y que un poco de sol nos hiciera compañía. Terminado mi almuerzo me fui a buscar al profesor y lo hallé en la sala de profesores.
Me terminó de explicar mi horario y los grupos que tendría a mi cargo. Uno temprano por la mañana de siete a ocho y el otro de diez a once. ¿Qué haría entre las ocho y las diez? Eso es cosa mía, me dijo. No me preocupé por eso inmediatamente, ya tendría suficiente tiempo para ver que hacía con mi tiempo. Deseaba saber que sería de mi situación, deseaba al menos saber que algo se estaba haciendo al respecto. Hablando con el profesor al respecto supe la historia completa.
De Costa Rica estaban destinados 48 espacios para el programa. Yo, al principio, estaba dentro de las personas escogidas durante el proceso de selección. Francia entró en elecciones y una vez escogido el presidente bajaron de 48 a 40 plazas. Ya estaba por fuera y por eso en teoría no iba a participar este año 2007 en el programa. Sin embargo de Panamá una muchacha renunció al puesto y yo lo tomé cuando me lo ofrecieron. Algo sucedió que los encargados sabían lo de la panameña pero no que el tico había tomado su lugar, entonces, el alojamiento que en teoría tenían para la asistente de Panamá y otro asistente de Alemania, que también renunció, lo cedieron a otras personas. En fin, el apartamento ya no estaba disponible y yo estaba en calle teóricamente.
Recuerdo estar en la entrada del IUFM con otras personas rodeándome, profesores, administrativos, secretarias hasta un conserje y todos hablaban entre si acerca de mi situación y qué hacer para resolverla y de como era una falta de coordinación y la vergüenza y pobrecito y no sé que otras cosas más. Sentí lo que un mono de circo que al final contentaban con maní. Nada se resolvió esa larga mañana.
Antes de partir del instituto, decidí coordinar algo para la tarde/noche. Busqué una dirección en internet que vi en un poster el día anterior en una tienda de deportes. Capoeira, era lo único que pensé me levantaría un poco el animo. Imprimí una hoja con un mapa de medio Rouen, busqué las calles principales y tracé una línea para tratar de no perderme mas tarde. Salí y tomé el bus de regreso a Rouen centro. Entré y descansé un rato en mi oscuro cuarto de hotel.
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