04 Octubre 2007
A las 0700 estaba encaminado hacía el liceo donde tenía mi
trabajo principal, donde estaba la persona encargada de mí, quien debía velar
por mi bienestar y alojamiento…o por lo menos eso entendía.
Por fin conocería a la señora con quien había entablado varias conversaciones por correo electrónico, no tenía ni idea que apariencia
tendría. Quedé verme con Chantal en la cour d'honneur del liceo, en la entrada
principal. Me imagino que al mirar al
“joven” con cara de desesperación dedujo que era yo a quién ella buscaba. Se
acercó y me dijo: ¿William? Que bien se escuchó ese nombre, como una luz en
medio de la oscuridad, cómo que dio un toque de esperanza…aunque fueran unos
segundos solamente. Lo que primero me llamó la atención fueron sus ojos
celestes apagados, se le notaba unos 40 y tantos años a cuestas y el rubio de su
cabello algo ahuyentado por el gris blancuzco del tiempo. Ella era algo más
alta que yo y delgada. Me saludó extendiendo su mano derecha y una leve
sonrisa, le correspondí.
Seguido me llevó a pasear por todo el liceo, mostrándome:
las aulas, el cuarto de computadoras de los profesores, la sala de
fotocopiadoras, el comedor de los estudiantes y los profesores. La sala de los
profesores daba a la entrada principal; había unos cuantos sillones que de fijo
han sentido una considerable cantidad de nalgas durante sus años ahí.
Casilleros para cada profesor y una sala más pequeña donde había una máquina de
café instantáneo y otros sillones. Al igual que en l’IUFM tenía un casillero,
pero esta vez para mí solo. Cada vez que entraba a la famosa sala de profesores
me miraban extraño. Posiblemente me veía algo joven a comparación de ellos; seguro
pensaron que yo tenía toda la pinta de no pertenecer a su lugar de descanso de
los mocosos revoltosos y avivados por las hormonas de la adolescencia. Así que
traté de evitar lo más posible mi entrada a la morada de los profes.
Chantal me hizo la pregunta del día, ¿habéis comido algo ya?
A parte de la cara de desesperación debió resaltar la cara de hambre que tenía.
Con la preocupación de llegar a tiempo y salir del hotel no me había dado
tiempo de saciar mi apetito (por sonar algo recatado), mi único padecimiento.
Pensé que iríamos al comedor del liceo, pero no fue así. Cruzamos la calle
saliendo del liceo y nos sentamos dentro de la cafetería de la esquina. Un café
au lait y un croissant fue mi elección. El lugar estaba escaso de clientela y
fuimos atendidos rápidamente. Hablamos de todo un poco o más bien ella
preguntaba y yo respondía. Como si tuviera un policía al frente interrogándome
para meterme a la cárcel trataba de decir lo menos posible sin ser descortés.
Luego de un rato salimos de ese pequeño acogedor café. No podría dejar de
pensar en el deseo de probar varias cosas del menú.
Fui presentado a más profesores y administrativos que ahí
trabajaban, por un momento hasta importante me sentí al ver las sonrisas de la
gente a quien iba conociendo. Desde el principio escuché a Chantal decir que Martine
quería conocerme, la profesara de español que paseó por Costa Rica con su
esposo e hijo. Este fue el antecedente horas antes de conocer a Martine que a
principio ni me volvió a ver. Se puso a hablar con otras personas en francés
supersónico. Me miró y dijo “pura vida”. Me comentó un poco de cuando estuvo en
Tiquicia y de lo que pasaron por allá. Me habló de la gente, de lo bien que la
trataron y hacía memoria de una palabra que usaban mucho “miherma” que a ella
le encantó. Yo, era ahora “miherma” para arriba y para abajo. Fue bastante
agradable hablarle y escuchar su español menos marcado acento por el país al
sur. Le comenté sobre mi dilema y su cara dejó notar que le preocupó. Le
molestó el hecho de que los administrativos no hubiesen hecho algo ya. Una vez
comentada mi situación se volteó y continuó hablando con Chantal en un francés a
la velocidad de la luz. De vez en cuando entendía una palabra conocida que me
abofeteaba y despertaba de mi trance hipnótico de desconocimiento. Pero al
tratar de retomar la conversación me encontraba otra vez en el limbo.
Martine se despidió asegurándome que todo se iba a estar
bien y que pronto encontraríamos una solución a mi falta de domicilio. Chantal
me dejó en la entrada del liceo y así terminaba mi primer día de “trabajo” aquí.
Con mi bulto al hombro caminé perdido hacía la gare para regresar a Paris.
Nunca pensé que regresar a la capital francesa sería tan
triste. En algún momento me ilusioné que hoy era el día para encontrar donde
habitar los próximos meses. Al final de la tarde me sentí aun angustiado y más
preocupado que antes. Mi cabeza se llenaba de ideas, de preguntas pero ni una
sola respuesta.
Me encantó la parte de miherma, de fijo era gracioso escuchar a una señora hablando así.
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