29.11.12

L’accueil (La recepción)

o1 Octubre 2012

Subiendo las gradas a paso de tortuga por el tumulto de gente busqué la salida de la estación sin fijarme en absolutamente nada. Solo quería ver un rotulo con mi nombre y llegar lo antes posible a l’IUFM. Deseaba sentir la seguridad de alguien a mi lado, que por lo menos supiera adonde debía llegar, alguien que me guiara donde podría alojarme, una ayuda, un apoyo, alguien con quien contar. Una plaza llena de gente puede verse como un desierto si la persona esperada no está; así me sentí ese día, a una hora de comenzar la reunión.

Por esas cosas de la vida (coincidencia, destino, DIOS) a lo lejos vi un bus que se acercaba y sobre su parabrisas en letras amarillas MONT SAINT AIGNAN. La dirección que tenía anotada en mi cuaderno decía 2 Rue du Tronquet, Mont Saint Aignan. En la parada, que estaba justo al frente de la estación del tren, había un mapa que mostraba la trayectoria del bus y encontrando el famoso “Vous êtes ici” seguí con mi dedo índice la línea y di con la parada que decía I.U.F.M.

De la Gare Rue Verte a I.U.F.M-ESITPA
Le pagué €1.30 a la señora conductora. Y me quedé cerca para ir viendo la verdad no sé ni que, no conocía, no iba a tener la menor idea cuanto iba a faltar para bajarme. Hasta que dentro del bus vi a cada costado un mapa igual al de la parada y una pantalla que indicaba cual era la siguiente parada y en cuanto tiempo estaríamos ahí, además por el altoparlante otra voz femenina que la anunciaba. Porfiado, le pregunté a la señora si ella pasaba por el IUFM y amablemente contestó: oui, sin agregarle una sonrisa o quitarle los ojos a la carretera. Merci.
Caminé hacia la entrada del Institut Universitaire Formation des Maîtres, estaba garuando y hacia un poco mas de frío que en Paris, pero ya me estaba gustando este lugar por el clima y porque se veía más calmado y más pueblo pequeño aunque no lo fuese.  Al entrar al edificio blanco de cemento pregunté a un señor en recepción hacia donde ir. Con su mano izquierda señaló al frente de si y mis ojos se clavaron en su boca para entender que decía al final del pasillo a la izquierda.
Caminé como chiquito en escuela nueva con mucho cuidado y despacio. Al llegar había muchas caras, muchos idiomas. En la lista sobre una mesa me encontré y luego de firmar me dieron un “Bienvenu” y una etiqueta con mi nombre que al final perdería porque no se quedaba pegada.
Luego de un rato de esperar en silencio la gente comenzaba a entrar al anfiteatro.  Una señora se me quedó viendo y acercándose, me habló.  Con un español pausado pero entendible, me preguntó qué de donde era y eso fue todo, al escuchar la respuesta se marchó. Me pareció muy extraño, sin embargo no le presté mucha atención. Entré y me senté solo, no conocía a una sola persona y todo mundo hablaba con alguien o por lo menos eso veían mis ojos. En ese momento sentí soledad.
Sentado ahí, sin tener a quien dirigir una palabra, noté a dos muchachos que estaban a dos filas delante de mi. Me llamaron la atención porque en general todo mundo hablaba con alguien o sonreían, estos dos no. Estaban serios, callados y de vez en cuando alzaban la mirada para otro lado que no fuera al frente. Uno de ellos parecía más enojado que serio. Este, sin yo saberlo llegaría a ser un gran amigo. Su nombre Daniel.
Pronto el lugar estaba a reventar, había gente de muchos países diferentes, muchas voces mucho ruido. Unos minutos después un señor hablaba por el micrófono captando la atención de todos. No entendí nada, habló muy rápido. Pero me daba la inteligencia para saber que daba la bienvenida a todos los asistentes del 2007-2008 y daba información importante, la cual yo me perdía por no entender.
Seguido, una señora relacionada con los asistentes provenientes de Taiwán tomaba el podio. A mi me pareció que habló unas tres horas sin parar a respirar y le entendí una de cada 20 palabras, peor que al primero. Todo mundo aplaudió al terminar, de fijo por agradecimineot de que terminara.
El señor encargado de los asistentes de español llamó a cada uno para que se pusiese de pie dijera el nombre y país de procedencia. De casi 30 personas yo sería el último. Treinta veces se aplaudió, ya tenía rojas las palmas. Nos terminó citando en un aula a todos después de almorzar.
Luego de las mil horas de hablar y hablar había terminado la primer parte de la bienvenida, podíamos pasar por un aperitivo. A la salida del anfiteatro se me acercó una muchacha de piel blanca y ojos bellos. Me preguntó, tú eres el chico de Costa Rica, ¿verdad? Yo soy Brenda de El Salvador. Agregó que sí había conocido a alguien ya, le dije que no y me invitó a comer con ella y otros recién conocidos. Dios tarda pero no olvida, dicen. Yo creo que Él hace lo que sabe que en el momento que tiene que.
Pasamos a un salón donde tenían una mesa servida con vino, jugo de naranja y de piña, junto con galletas saladas.  Tomé como seis de naranja porque tenia mucha hambre y ganas de comer también, mala combinación.  Estuvimos hablando o más bien ellos hablaban, yo escuchaba, antes de pasarnos al comedor.  Mientras hacíamos fila apareció un asistente de Canadá. Garth, él estaba en las mismas que yo, no tenía donde quedarse. Conversando un rato quedamos en que si cualquiera encontraba alojamiento le diríamos al otro. Según él sabía de un lugar que le querían alquilar pero debía verlo primero para ver si era amueblado o no. Me pareció un poco disperso y poco seria su preocupación por no tener donde alojarse, pero igual vi una posible oportunidad para encontrar algo, lo que fuera.
Me sirvieron unas papas en cuadritos medias tostadas, con unas lonjas de pavo y una salsa. El resto del menú quedó en el olvido, pero eso sí, lo disfruté mucho. Es gracioso ver como se distingue la mesa donde se sientan los latinos, no por el color de piel o el cabello, si no por el jolgorio. Recién conociéndose y todos reíamos, moderadamente, pero mucho más que cualquier otra mesa.
Era hora de vernos donde convocaron a los asistentes de español. Es gracioso también ver como siempre hay una o dos personas que ponen atención y el resto simplemente sigue. Bueno, yo era unos de los que seguía ese día. En la reunión, por dicha, nos hablaron de todo lo que se tenía que hacer, básicamente lo mismo que dijeron en la reunión del anfiteatro. La lista de cosas por hacer, el examen físico y medico, la radiografía, los formularios a completar  y el Titre de séjour. Todo sumamente importante y vital para poder quedarse en Francia sin problemas.
La mayoría de asistentes eran mujeres y de diferentes nacionalidades. Chile, México, El Salvador, Guatemala, Venezuela, Argentina, España. La reunión terminó a una hora desconocida. Intercambié mi correo electrónico con Brenda y quedamos estar en contacto para vernos luego.
Cuando iba saliendo pensaba en mil cosas y vi de repente a la misma señora que antes se me había acercado. Me preguntó que para donde iba. ¿Por qué vas a Paris? ¿Acaso no te piensas alojar aquí en Rouen? Le conté mi historia y me ofreció llevarme a la estación. Sentí algo de desconfianza, pero por otro lado ¿qué hacía esa señora ahí? De fijo tenía algo que ver con la organización y sintió lastima por mi y sobre todo mi situación. Además si intentaba algo con un golpe la podría calmar fácilmente, estaba entrada en años.
En el carro pensé que también podría alejarme de la civilización y emboscarme con dos personas más y mejor no pensé más en eso. A pesar de no conocer noté como había pasado dos veces por el mismo lugar. Me dijo que quería enseñarme el liceo donde yo comenzaría a trabajar. Me dejó justo a unos metros antes de donde hace unas horas había tomado mi primer bus en Francia, la línea cuatro de color morado. Me despedí muy agradecido con la señora cuyo nombre hoy no recuerdo.
Me dolía la cabeza de tanto pensar, de analizar pero sobre todo de imaginar posibilidades. Compré el tiquete a Paris, abordé el tren y regresé a la capital francesa ese mismo lunes, exhausto y lleno de  incertidumbre. No me di cuenta de que las cosas me estaban saliendo, no vi la facilidad con la que llegué a la reunión, el aventón de la señora o que ya tenía al menos dos contactos en Rouen. No me di cuenta de las pequeñas cosas, las pequeñas señales que deberían ser suficientes para dar esperanza, para saber que todo va a salir como debe salir. Bien.

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